El alivio de ser auténticos El alivio de ser auténticos

Reflexiones de Julio Bevione sobre los efectos de aparentar lo que no somos.

Mantener una imagen duele. Este pensamiento me vino a la mente mientras hojeaba revistas en la sala de espera del dentista. En ellas había fotos de celebridades muy sonrientes, aunque los títulos aludían a la caótica vida de algunas de ellas. ¿Por qué sufren si, aparentemente, han cumplido su sueño y lo tienen todo para estar felices?

Deduje que, en general, es porque luchan por sostener una imagen, porque intentar ser lo que uno no es causa dolor, y eso puede ocurrirnos a todos. Aparentar lo que no somos duele. Es como querer usar zapatos que nos quedan chicos y nos aprietan los dedos; hay que soportar la molestia y hacer esfuerzos constantes, lo cual nos produce cansancio y dolor.

No soy una estrella como las de las revistas, pero confieso que muchas veces he caído en la tentación de querer ser lo que no soy. He fingido ser “otro” para lidiar más fácilmente con el mundo, pero sabía que eso era insostenible y que tarde o temprano empezaría a molestarme, a causarme dolor. Por eso, ese día hice un recuento de las lecciones que he aprendido y aquí lo comparto con ustedes:

  • Cuando tratamos de complacer a toda costa las expectativas de otros, sufrimos. Las exigencias sociales no siempre coinciden con nuestros deseos y, a veces, la sola idea de desafiarlas nos provoca miedo. Muchas personas se quedan calladas cuando les pregunto qué alimentos preferían en su niñez. Guardan silencio porque jamás pensaron realmente en lo que querían; se limitaban a comer lo que había en casa. Es cierto que hay situaciones en las que no podemos elegir, pero no son la mayoría. La vida a veces nos ofrece muy pocas opciones, pero casi siempre nos permite escoger otra manera de vivir.
  • Cuando defendemos una opinión sin hacer concesiones, nos enojamos. He visto a personas defender una idea apasionadamente, y a otras que se ponen violentas y hasta llegan a caer enfermas con tal de defender una opinión. La diferencia es que las primeras expresaban sus creencias con fervor, y las segundas atacaban a quienes tenían ideas distintas. ¡Y esa es una gran diferencia! Cuando defendemos una opinión con tanta vehemencia, tendemos a ver como enemigos a quienes la cuestionan. El enojo es una señal de alarma de que nos estamos aferrando a una idea que tal vez sea equivocada y valga la pena cambiar.
  • Cuando nos sentimos obligados a hacer algo, nos pesa. No siempre podemos elegir nuestras acciones. A veces tenemos que hacer cosas que no nos gustan; las sentimos como un lastre y nos agobian todo el día. Para quitarnos ese peso, podemos escribir aquello que nos desagrada hacer, pero en vez de utilizar la palabra “debo”, usemos “elijo” o “quiero”. Tras leerlo varias veces, la molestia irá disminuyendo hasta desaparecer.
  • Cuando solo queremos complacer a los demás, nos cansamos. Nos da mucho miedo reflejar quienes somos porque, en el fondo, tememos el rechazo. No nos atrevemos a decir “no” aunque nuestro corazón nos lo dicte. Es verdad que atender las necesidades de los demás nos da grandes satisfacciones, pero no sin antes ocuparnos de las nuestras.

El cansancio y el dolor nos indican que estamos dejando de ser quienes somos, que peleamos con nuestro ser y con nuestros actos; o sea, que estamos destruyendo nuestra autenticidad, al igual que los famosos que aparecen en las revista.

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