El perdón es un proceso El perdón es un proceso

Perdonar no es una sola acción, sino un camino por recorrer. Reflexiones de Julio Bevione.

“No lo puedo perdonar”. Oí a Elisa repetir siete veces esta frase mientras conversábamos. Era su respuesta a mi consejo de que liberara su corazón del rencor que sentía por Claudio, quien fue su pareja por cinco años y luego decidió romper la relación. “Quisiera perdonarlo, pero no puedo”, decía, a lo cual le contesté: “El perdón es un proceso. No es una sola acción, sino un camino por recorrer”. Y entonces le expliqué cómo podía empezar a transitarlo.

Perdonar lleva su tiempo.

Esta es una verdad que debemos tener presente cuando hemos decidido perdonar y aliviarnos de la angustia que provoca no poder hacerlo aunque queramos. Podemos desarmar un rompecabezas en minutos, pero armarlo otra vez nos llevará mucho más tiempo. El perdón es como volver a juntar las piezas sueltas, y no termina hasta que cada una de ellas esté en su lugar.

Es un cambio de percepción.

En su libro Un curso de milagros, la psicóloga Helen Schucman dice que el resentimiento suele provenir de una interpretación errónea de una experiencia, y que si esta se examina con nuevos ojos, es posible cambiar de opinión y perdonar. “Si te pusieras en el lugar de Claudio —imaginar cómo fue su vida desde chico y los miedos y frustraciones que tuvo—, te resultaría más fácil perdonarlo”, le dije a Elisa.

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Ir paso a paso. El perdón implica pasar por una serie de fases en que nos vamos liberando poco a poco de los prejuicios, de la ira y del deseo de que las cosas que nos afectaron no hubieran ocurrido o hubiesen sido diferentes. Al perdonar estamos aceptando que no pudimos hacer nada más en ese momento, que lo que ocurrió ya no se puede cambiar y que, en el fondo, lo que nos mantiene enojados es nuestro ego herido, que no resiste haber perdido una batalla o que las cosas no salieran como deseaba. En una mente donde reina el miedo y el rencor, la liberación lleva tiempo. Para perdonar hay que ir paso a paso, sin maquillar nuestro dolor con otros colores que nos molesten menos. Eso sería un autoengaño.

El perdón es una elección. No podemos perdonar por conveniencia ni por recomendación o mandato de nadie. Perdonar es honesto cuando nos nace hacerlo, nos sentimos listos para eso y entendemos que de verdad es la mejor opción. Perdonamos cuando nos surge el deseo de estar en paz, sin importar lo que haya pasado. Sólo así el perdón nos alivia.

Tener humildad. 

Nuestro corazón siempre está dispuesto a perdonar, porque en él reside el amor, pero la mente se lo impide porque en ella habita el miedo. Así que se requiere humildad para apartar la mente del corazón y dejar que el perdón aflore. Para eso no necesitamos la mente porque es un acto místico y no racional; es decir, se produce sin la intervención de nuestro entendimiento. Es algo espiritual. Podemos comprender, pero realmente perdonamos cuando nuestro corazón se libera del dolor. Y en esto, cuanto menos intervenga la mente, mejor. Perdonar es dejar de lado nuestra necesidad de tener razón.

De todas las lecciones que debemos aprender como seres humanos, pienso que la más importante y difícil es el perdón; por eso nos cuesta tanto. Es la asignatura con que nos graduamos de la vida, a la que hemos venido para aprender a amar. Una vez que logramos perdonar, tanto la vida como nuestro ser se vuelven más amables, compasivos y tolerantes. Virtudes como la humildad y la paciencia se hacen naturales después de perdonar. Sí, el perdón es la llave que abre todas las puertas, incluso aquellas que parecen selladas.

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